domingo, 31 de julio de 2011

Crónica de viaje

Hace ya once días que regresé de los Estados Unidos. Esta vez no pensé escribir mi crónica de viaje, pues lo bueno –como dice el refrán- si poco: mejor, pero el público (mis amigos) me la piden, así que manos a la obra. Si se aburren, es por culpa de los solicitantes.

Esta crónica pudiera tener una primera parte de felicidad plena, que me gustaría acompañar con imágenes y bromas, pero la memoria flash en que traje las fotos parece que se traumatizó con su arribó a Cuba, no quiere dejarme acceder a la información que contiene y la tengo amenazada con llevarla a un buen cibernético para que me la formatee.
Los días que estuve en los Estados Unidos comenzaron con un recorrido con mi hijo Sinuhé y su esposa durante quince días por seis estados: salimos de Florida, pasamos por Alabama, fuimos a dar a Tennessee, cruzamos a Carolina del Norte; después llegamos a hasta Arkansas y regresamos por Mississippi para entrar de regreso de nuevo a la península floridana: cerca de tres mil millas/nalgas-auto. Visitamos, entre otras ciudades, Atlanta, Nashville, Birmingham, Menhpis… Estuvimos en el parque nacional Great Smoky Mountains, viajé por el río Mississippi, estuve en un pueblo de indios cherokes, vi osos salvajes en medio de un bosque, entre en un fuerte de madera verdadero, como el que imaginaba de niño cuando jugaba a indios y soldados; volví a mi adolescencia rokanrrolera en la mansión museo de Elvis Presley y en su casa natal, estuve en la iglesia de Luther Martin King, “me subieron” en un funicular y vi hasta los desastres ocasionado por un tornado.
Una segunda etapa fue en Miami disfrutando a mis nietas; y con ellas y con Ra, mi otro hijo, y su esposa, tuve la oportunidad de dedicar mis últimos días, antes del regresar, para visitar Cabo Cañaveral y ver el trasbordador listo para partir; aunque me hubiera gustado ver el fuego y oír el rugido de sus motores para vivenciar lo mismo que los profetas cuando vieron a Jehova regresar a los cielos, pero los cosmonautas saldrían al Cosmos, el mismo día que yo para Cuba (eso creía).
El viernes 8 de julio, puntual, estuve en el aeropuerto para chequear boleto y pesar mi equipaje. Con los últimos besos de mis nietas, hijos y nueras, crucé emigración y aduana para entonces comenzar a padecer lo que por las lágrimas de Camila y  la carita  de tristeza de Emilia debí presentir que nada bueno me deparaba el destino.
El avión debía despegar a las 8:00 pm., pero en la puerta de embarque (por cierto, pérdida en la último del aeropuerto de Miami) me esperaba el aviso de que este saldría con una hora de atraso. Cerca de la hora en que debíamos haber comenzado a abordar la nave,  apareció el aviso de media hora más de demora; y así sucesivamente a las 10, a las 10:30, a las 11, a las 11:30 y por último a las 12. En un momento dado de la espera cerró la única pequeña cafetería de aquel desolado rincón, y comenzó mi angustia de que no me fueran a alcanzar los alimentos que llevaba para evitar una hipo glicemia (recuerden que soy diabético), pero los supe administrar, con hambre, pero sin problemas.
La subida al avión fue en desbandada, pero no por indisciplina, sino por el apuro que exigían los sobrecargos, pues según ellos, si no despegábamos en diez minutos, cerraban el aeropuerto de Cienfuegos. Nunca explicaron qué sucedería si aquello ocurría: ¿nos quedábamos sentados en el avión, regresábamos al salón de espera, iríamos a aterrizar al aeropuerto de La Habana o –como alguien pensó- estaríamos dando vueltas en el aire hasta que amaneciera?
Al fin el avión levantó su nariz rumbo a Cuba; no precisamente en los cacareados diez minutos, sino algunos más, los que pude aprovechar para cambiarme de asiento; es que durante el tiempo que tuvimos que aguardar a que nos llamara, sufrimos las constantes disputas entre una refunfuñona dama y su inadecuado hermano. Me tocó sentarme junto a la ventanilla, y cuando pensé que iría sólo en esa fila, se parecieron los susodichos sujetos y se me sentaron al lado. A pesar de que ya habían dado el aviso de que no se usaran los teléfonos celulares, este individuo lo sacó y comenzó a llamar a una serie interminable de personas a las que todas les decía lo mismo:
    ─Ya estoy sentado en el pájaro de hierro. Te cuento cuando regrese.
Yo me atreví a señalarle que ya habían informado no usar los celulares. El tipo muy complacido me lo agradeció, pero me hizo el caso del perro y siguió con su letanía de “ya estoy sentado en el pájaro de hierro…” Cuando ya no le quedó a quien llamar, dejó el celular, sacó un botella de wiskey y me preguntó si en el avión se podía tomar. Le dije que no sabía, y ante la duda, cada vez que un sobrecargo se acercaba contando a los pasajeros, disimuladamente él la escondía. Ya su hermana lo requería y se escandalizó, cuando le quitó la tapa a la botella con los dientes. Pasó una vez más el sobrecargo y le indicó que se pusiera el cinturón, pero antes de que lo hiciera, yo les pedí que me dejaran salir y alegando estrechez del espacio para mis piernas, me fui a otro asiento.
El vuelo transcurrió con toda normalidad. Si hubiera salido a su hora, hubiera arribado a Cienfuegos a las 8:50 pm. del propio día 8 de julio, pero aterrizamos a la 1:10 am. el día 9. No tuve problemas en la taquilla de inmigración y  hasta creí percibir satisfacción en el oficial cuando me estampó el cuño de ingreso; apretó el interruptor de una chicharra que me indicó que la puerta de entrada al país estaba abierta para mí, y con una extraña sonrisa, entre irónica y malsana, me dijo: “bienvenido”.
El salón de aduana de aquel pequeño aeropuerto es una gran vorágine. Doscientos pasajeros alrededor de una sola cinta por la que sale el equipaje de maletas y bultos todos iguales, pues por una moda impuesta por el ahorro de las libras permitidas quienes vienen de los Estados Unidos sólo usan unos bolsos negros de lona (como el mío); maleteros que en busca de una propina los bajan antes de tiempo; carritos sin las dimensiones apropiadas para tantos paquetes con regalos para los familiares. Algunos viajeros dichosos pueden ir directamente a las pesas de salida, pues en Cuba se cobra impuesto de aduana por encima de un determinado peso; otros, los menos afortunados tienen que ir a las mesas donde tienen que sacar el contenido que traen para que los aduaneros les den o no el visto bueno a cada producto.
Una de mis dos maletas fue la última (¡la última!) en salir, y ya –avisado por un raro o imperceptible sistema de comunicación- me esperaba un oficial de aduana.
   ─¿Esa maleta es suya? ─me preguntó.
   ─Sí ─respondí con la tranquilidad de quién se cree inocente.
   ─Llévele para aquella mesa ─me ordenó.
 A la pregunta de qué traía, le respondí y le entregué la tarjeta que con toda honestidad había llenado declarando los equipos eléctricos que acarreaba (entrar a Cuba equipos eléctricos es, supongo, tan difícil como entrar droga). En el primer renglón aparecía “plancha eléctrica”. Tuve que bucear dentro de mi maleta hasta dar con ella y enseñársela. Parece que el aduanero era nuevo en ese trabajo y tuvo que llamar a un jefe para preguntarle si la podía entrar, impidiéndome así cualquier intento de soborno, pues ya fue del conocimiento público que yo traía una “plancha eléctrica”. A pesar de haber comprado la más barata y sencilla, pensando que sería la que menos electricidad consumía, después de mucho revisarla, y consultado a otro jefe, determinaron que me la tenían que decomisar, pues sobrepasaba en 30 kilowats los permitidos.
El problema entonces fue la planilla que aquel sujeto debió llenar para el decomiso. No sabía cómo hacerlo y a cada momento tenía que llamar a un compañero para que le explicara. Hasta yo, y para tratar de terminar con aquella demora, masoquistamente lo ayudé.
Como los medicamentos y productos alimenticios no se pesan ni se cobran, hay que traerlos en un bulto aparte. Mientras el aduanero llenaba aquella, para él difícil, planilla, cada diez minutos exactos se me acercaba una mujer aduanera diferente para preguntarme lo mismo:
    ─¿Trae alimentos naturales?
Pero en ese mismo momento, el de la plancha me preguntaba la marca.
    ─No sé.
    ─¿Cómo que no sabe qué alimentos trae?
   ─Sí, sé.
   ─Entonces dígame la marca de la plancha.
   Aquel surrealista diálogo cada diez minutos lo único que provocaba era más demora, y cuando al fin el inepto aduanero terminó la planilla, en la que hasta tuve que declarar que estaba complacido con el trato recibido, llamó a uno de los jefes para que la firmara, y a otro para que le pusiera el cuño. Me entregó la copia que me correspondía para si quería, en el termino de 30 días, hiciera la reclamación; pero como después de tanto tiempo juntos éramos casi amigos, me aconsejó que no lo hiciera, pues de ninguna manera me la iban a devolver.
El segundo renglón de mi declaración de aduana decía: impresora. Debí sacarla de la maleta y abrir la caja en que venía. Entonces supe que la tal impresora era la causa de mi desgracia, pues al pasar la maleta por RX antes de que llegara a mí, les pareció que podía ser un horno altamente consumidor de electricidad. Como el jefe consultado parece que no sabía bien la diferencia entre una impresora y una laptop, este sujeto, olvidado de la impresora, me obligó a buscar la factura de la laptop en aquel revoltillo de ropa, alimentos y papeles que ya era mi equipaje.
Como la tal laptop se la traía a un amigo que me la encargó, traía la factura para que este viera lo que me debía pagar. Entonces los aduaneros, no estuvieron conformes con que me hubiera costado la cifra que, producto de la ganga en que la había comprado, decía la factura. Tuvieron que consultar a otros dos jefes para que estos decidieran, y por suerte estos aceptaron el precio como posible. A pesar de que supuestamente el viajero -en este caso yo- puede viajar con una laptop como algo de uso personal, tuve que pagar en peso cubano el equivalente de lo que me había costado en dólares, tal y como establece la ley para los residentes cubanos, pues a los extranjeros (y los cubanos residentes fuera de Cuba, se les considera extranjeros) tienen que pagarla en dólares.
Ante aquel conflicto que acabábamos de solucionar, ya nadie se acordó de la impresora, el aduanero que me atendía me invitó a llevar aquel revoltijo de equipaje para las pesas de la salida, y digo revoltijo, pues no podía guardar los efectos eléctricos ni la bolsa de comida. Intentando acomodar todo aquello en un pequeño carrito de equipaje, me viré y, ¡oh, horror!: ya no quedaba ni un solo pasajero en aquel salón. Temiendo que los amigos que me habían ido a esperar en un auto para seguir a Santa Clara, al no verme salir, se hubieran marchado pensando que no había llegado, pedí que me dejaran asomarme a la puerta para que me vieran, pero no podía separarme de mi equipaje, pues después podía decir que el aduanero me había sustraído algo; tampoco él me podía acompañar, pero como ya en aquel momento éramos buenos amigos, le encargó a un maletero que le fuera a avisar a quienes me esperaban.
Con las maletas a punto de subirlas en la pesa, mi nuevo amigo, el aduanero, miró una vez más la tarjeta con mi declaración de aduana, y en el último reglón donde yo había escrito vio: “contestadora de teléfono” (otro encargo). Tenía que verla. Entonces, ya a punto del desespero me senté en el suelo y empecé a tirar al piso de aquel salón zapatos, bultos de ropa, suvenires, pequeños presentes…, hasta dar con la contestadora. Miró la pequeña cajita y pensó que debía pedirme la factura. Yo se lo vi en los ojos, y como él vio en los míos que iba a entrar en crisis de pánico, me dijo con mucha compasión:
   ─Deja, deja. No me la enseñes (para algo son los buenos amigos, ¿no?).
Tuve que pagar por los equipos eléctricos, por el sobrepeso permitido y no sé si hasta por los alimentos y medicinas, pero no me preguntes cuánto fue, pues en momentos como esos, uno no se está fijando en el dinero. Yo lo que quería era salir de allí. Pero me detuve un momento más. El jefe jefe de los aduaneros iba a abandonar aquel solitario salón, y lo llamé. Con toda la ecuanimidad posible le dije que por razones de trabajo, en los últimos años, yo estaba saliendo dos y hasta tres veces de Cuba, que siempre había viajado por el aeropuerto de La Habana, y que jamás me había ocurrido algo así. Comprobé el refrán de que “pueblo chiquito, infierno grande”. Este sujeto me oyó con una parsimonia terrible, el silencio fue su respuesta, me dio la espalda y se fue.
Al fin se abrieron para mí las puertas de salida. Me acompañaba el maletero que había ido a llevar el aviso a quienes me esperaban; de seguro esperaba una buena propina, pero cuando yo respiré el aire de la madrugada (eran cerca de las 5 am.), vi la oscuridad reinante en aquel paraje, donde solo quedaban mis dos amigos y un auto, solté la energía retenida durante todo el tiempo de mi demora y grité a viva voz todas las malas palabras que existen y otras varias que inventé en ese momento, me defequé en las pobres madres de no sé cuánta gente y quería que alguien se me parara delante para caerle a golpes. El maletero, escapando de mi lado con premura y sin esperar la propina, se limitó a decirles a mis amigos:
     ─Tenga cuidado con él, que está un poco nervioso.

Santa Clara, 20 de julio de 2012 

3 comentarios:

  1. Releo esta crónica y cada vez me parece mejor.Ffelicitaciones, Luis, y mis deseos de una navegación exitosa en el proceloso mar virtual.
    A. Verdi

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  2. Hace años que Luis Cabrera me manda las crónicas de sus viajes (y yo le mando las crónicas de los míos). Es que nos conocimos en 1977 (más o menos) y en 1981 yo me marché de Santa Clara: a Santiago de Cuba, La Habana, Río de Janeiro, Copenhague, París, Buenos Aires... y siempre hemos mantenido el contacto. Luis es sin dudas mi mejor amigo escritor. Su gracia y claridad para contar no es solo cosa de literatura sino de sus "reportes" de viaje. Un placer infinito... del que me vi privado solo cuando viajamos juntos por Dinamarca (1992), en París (1995), en Belo Horizonte, Brasil (no recuerdo bien si en 2001 ó 2002) y en Santiago de Chile (2003), compartiendo diversos eventos literarios.

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  3. Luis désde las bandas del tiempo nuestra amistad se mantiene, el respeto y el amor fraterno nunca nos ha abandonado, toda tu trayectoria, reconocimientos y tantos méritos merecidos gratifican tanto mi alma de poeta como escritora y una vez mas te reitero mi admiración y respeto...Saudade Maestro...!!

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